La resiliencia en nuestras aulas

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En las escuelas e institutos el docente no se limita a enseñar sino que también educa, una tarea compartida con las familias. El docente educa para que el alumno sepa desenvolverse en nuestra sociedad, sea un buen ciudadano, se comporte con urbanidad y desarrolle valores y actitudes que le ayuden en su vida diaria. Una de las actitudes que desde nuestro punto de vista se tendría que fomentar es la resiliencia.

¿Qué es la resiliencia? Siguiendo la definición del DRAE inicialmente esta palabra se emplea en el campo de la física para hacer referencia a la capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando la perturbación a la que ha sido sometido ha cesado. Actualmente también se aplica a los seres humanos refiriéndose a la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un problema. Por tanto, una persona resiliente será aquella capaz de hacer frente y superar una situación adversa. Si educamos a nuestros alumnos para ser resilientes estaremos preparándolos para saber reaccionar ante los conflictos que se les presenten en la vida. Todos pueden aprender a ser resilientes, independientemente de sus características.

Tradicionalmente, tal y como apunta Jesús G. Guillén en su artículo La resiliencia en la escuela: aprendiendo a vivir (2018), en la escuela hemos incidido en la detección de defectos en lugar de en la identificación de fortalezas. El foco de atención se detenía en los errores cometidos, y estos se percibían además como algo negativo en lugar de como un reto a superar y del que se puede aprender. Ahora, para promover la resiliencia tenemos que favorecer en el aula un ambiente positivo con el objetivo de que el alumno se encuentre seguro sin que ello suponga que seamos laxos con las normas de conducta. Es necesario que el alumno se sienta acompañado y respaldado, que sea consciente de sus virtudes para poder valerse de ellas en situaciones complicadas.

Por ello, se intentarán fomentar los factores protectores en detrimento de los factores de riesgo. Es decir, se hará ver a los alumnos que, si bien existen ciertas cualidades que pueden dañar su salud física, mental socio-emocional o espiritual y que deben ser minimizadas, también cuentan con factores protectores que reducen los efectos de las situaciones problemáticas. Entre estos factores protectores los alumnos tienen que reflexionar sobre factores protectores externos, personas a las que pueden acudir en caso de necesidad y que les ayudarán en cualquier circunstancia (familia, profesores, etc.) y factores protectores internos, cualidades propias que permiten sobrellevar las dificultades (confianza, responsabilidad, etc.).

En nuestras aulas, nos encontramos con alumnos con problemas ya que su situación personal, académica o familiar es complicada. De ahí la importancia de incentivar la resiliencia, tienen que aprender a luchar y sobreponerse a la adversidad. Para cultivarla se tendrá en cuenta las circunstancias de cada persona y sus factores de riesgo y factores de protección. No obstante, podemos llevar a cabo dinámicas en las que participe toda la clase y con las cuales trabajaremos este espíritu de superación. Se pueden llevar a cabo en hora de tutoría o en cualquier asignatura.

A la hora de crear un ambiente en el que se fomente la resiliencia, el docente tendrá en cuenta los siguientes aspectos:  ser optimistas, crear un clima de respeto, fomentar la participación y toma de decisiones, aceptar el cambio, y relativizar los errores.

El profesor tiene que dar ejemplo de las conductas que pretende incentivar. Por ello, es conveniente que en clase muestre una actitud optimista, que sonría para despertar la confianza del alumnado. Esta actitud positiva supondrá también creer en la capacidad de cambio de los alumnos (no etiquetarlos) e intentar, sin que ello suponga dejar de ser críticos, no mostrar enfado por los errores cometidos. Además, para potenciar la resiliencia es necesario que exista respeto en el aula, que los alumnos no se burlen de las intervenciones de los otros y que entre ellos se apoyen. En muchos casos, no participan y no se atreven a tomar decisiones porque temen la reacción de sus compañeros. En cambio, si el clima es de respeto, será más sencillo que se sientan seguros, intervengan en clase y pasen a ser sujetos activos del aprendizaje. La resiliencia exige seres activos, que toman partido y se reinventan ante las adversidades, por lo que si potenciamos la toma de decisiones también potenciamos la resiliencia.

Estas estrategias se pueden aplicar en todas las clases mientras se imparten cualquiera de los contenidos de nuestras asignaturas. Otras, trabajan específicamente la resiliencia. En este artículo proponemos tres actividades:

  1. Presentar a los alumnos situaciones problemáticas que sean susceptibles de ocurrir en la vida real y animarlos a buscar una o varias soluciones teniendo en cuenta los pros y contras.
  2. Ver una película en la que el protagonista esté en una situación desfavorable y analizar su reacción, los factores de riesgo y los factores de protección.
  3. Reflexionar sobre una experiencia personal en la que se haya superado una adversidad. Contar a los compañeros qué dificultades presentaba dicha situación y cómo se logró solucionar.

De esta manera, los alumnos reflexionarán sobre cómo actuar ante los problemas y estarán más preparados a la hora de enfrentarse a ellos en la vida real. Si los docentes potenciamos la resiliencia no solo estaremos enseñando a los alumnos conceptos o contenidos de nuestras asignaturas, sino que les estaremos preparando para solventar problemas cotidianos en todos los ámbitos de su vida.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

REFERENCIA DE FIGURAS

ANA MARÍA ZOMEÑO GURREA