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¿Debe adaptarse el alumno/a o la escuela?

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Introducción

Es una escena habitual en muchos centros educativos. Un alumno parece desconectado de las explicaciones, no termina las tareas al mismo ritmo que sus compañeros o muestra dificultades para seguir determinadas dinámicas de aula. Ante estas situaciones, la primera reacción suele dirigirse hacia el propio estudiante: ¿tiene dificultades de atención?, ¿necesita refuerzo?, ¿requiere una adaptación?, ¿presenta alguna necesidad educativa específica?

Durante mucho tiempo, esta forma de analizar las dificultades ha sido la predominante en los sistemas educativos. La pregunta principal era: ¿qué le ocurre al alumno? Sin embargo, la educación inclusiva ha comenzado a plantear una cuestión diferente y profundamente transformadora: ¿qué barreras está encontrando este alumno en el entorno educativo?

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La diferencia entre ambas preguntas puede parecer sutil, pero implica una transformación radical en la manera de entender la enseñanza. Ya no se trata únicamente de identificar dificultades individuales, sino de analizar cómo la organización escolar, las metodologías utilizadas, los materiales empleados o los sistemas de evaluación pueden estar limitando la participación y el aprendizaje de determinados estudiantes.

Como señala Echeita (2021), la inclusión educativa no consiste únicamente en escolarizar juntos a alumnos diferentes, sino en garantizar que todos participen activamente y aprendan en condiciones de equidad. Para ello resulta imprescindible desplazar parte de la mirada desde el alumno hacia el contexto.

Desarrollo

La historia de la educación puede entenderse, en gran medida, como una evolución en la forma de responder a la diversidad humana. Durante décadas predominó un modelo basado en la segregación. Aquellos alumnos que se alejaban de lo considerado «normal» eran escolarizados en espacios específicos o separados del sistema ordinario. Más adelante surgió el modelo integrador, que permitió la incorporación de estos estudiantes a los centros ordinarios, aunque manteniendo frecuentemente estructuras, metodologías y currículos pensados para un alumno estándar. La inclusión supone un paso más allá. No pregunta cómo integrar a quienes son diferentes en una escuela diseñada para unos pocos, sino cómo construir una escuela capaz de responder desde el principio a la diversidad de todos sus alumnos.

Booth y Ainscow (2015), a través del conocido Index for Inclusion, explican que las dificultades educativas no deben entenderse únicamente como características personales, sino como el resultado de la interacción entre las personas y las barreras presentes en su entorno. Esta idea cambia profundamente el foco de intervención.

Pensemos en un alumno con dificultades lectoras. Tradicionalmente la respuesta consistía en adaptar textos, reducir tareas o proporcionar apoyo individual. Estas medidas pueden ser necesarias y seguirán siéndolo en muchos casos. Sin embargo, la educación inclusiva invita a preguntarse también si la forma de presentar la información está generando barreras innecesarias.

¿Podría acceder al contenido mediante audios? ¿Existen apoyos visuales? ¿Se ofrecen vídeos explicativos? ¿Puede trabajar cooperativamente con otros compañeros? ¿Se le permite demostrar lo aprendido de diferentes maneras?

La diferencia es importante. En el primer enfoque el problema se localiza exclusivamente en el alumno. En el segundo, el entorno también se convierte en objeto de análisis y mejora. Esta perspectiva encuentra una de sus mayores expresiones en el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), desarrollado por el equipo CAST. Su planteamiento parte de una idea sencilla pero poderosa: los entornos educativos deben diseñarse desde el principio para responder a la variabilidad del alumnado, no para un supuesto alumno promedio que, en realidad, no existe.

Los principios del DUA proponen ofrecer múltiples formas de representación de la información, múltiples formas de participación y múltiples formas de acción y expresión. En otras palabras, reconocer que las personas aprenden de maneras diferentes y que la escuela debe contemplar esa diversidad desde su planificación inicial. Sin embargo, adaptar el entorno no significa únicamente introducir apoyos tecnológicos o modificar materiales. Supone revisar aspectos mucho más profundos de la cultura escolar.

Por ejemplo, pensemos en las explicaciones magistrales largas. Muchos alumnos tienen dificultades para mantener la atención durante periodos prolongados. Tradicionalmente podríamos considerar que estos estudiantes presentan problemas de concentración. Pero también podríamos preguntarnos si el formato utilizado es el más adecuado para favorecer el aprendizaje.

Fragmentar las explicaciones, incorporar apoyos visuales, permitir momentos de interacción o utilizar metodologías más activas son cambios en el entorno que benefician especialmente a determinados alumnos, pero que terminan mejorando el aprendizaje del grupo completo. Algo similar ocurre con la organización de los espacios. Un aula excesivamente rígida, con pocos estímulos visuales funcionales o sin posibilidades de movimiento puede convertirse en una barrera para algunos estudiantes. En cambio, espacios más flexibles, organizados y accesibles favorecen la autonomía y la participación.

La evaluación constituye probablemente uno de los ámbitos donde más necesario resulta este cambio de mirada. Durante años se ha asumido que todos los alumnos debían demostrar sus aprendizajes exactamente de la misma manera. Sin embargo, autores como Sanmartí (2020) recuerdan que evaluar no consiste únicamente en calificar, sino en recoger evidencias que permitan comprender cómo aprende cada estudiante y ayudarle a seguir progresando.

Desde esta perspectiva, surge una pregunta fundamental: ¿es necesario que todos los alumnos demuestren lo que saben mediante una prueba escrita? En muchos casos, permitir diferentes formas de expresión —presentaciones orales, productos manipulativos, proyectos, vídeos o representaciones gráficas— no disminuye la exigencia, sino que elimina barreras innecesarias.

Mariana Morales (2022) insiste en que la evaluación debe centrarse en evidenciar aprendizajes, no en medir la capacidad de adaptarse a un único formato de respuesta. Cuando ampliamos las posibilidades de participación, aumentamos también las oportunidades de éxito.

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Una de las ideas más interesantes de este cambio de paradigma es que las mejoras introducidas para algunos alumnos terminan beneficiando a todos. El ejemplo de las rampas arquitectónicas resulta especialmente ilustrativo. Aunque inicialmente se diseñan para personas con movilidad reducida, posteriormente son utilizadas por familias con carritos, repartidores, personas mayores o cualquier ciudadano que necesite acceder con mayor comodidad.

En educación ocurre exactamente lo mismo. Los apoyos visuales ayudan especialmente al alumnado con dificultades de comprensión, pero también facilitan la organización de todo el grupo.

Las metodologías activas favorecen la participación de quienes tienen dificultades atencionales, pero aumentan la motivación general. La evaluación formativa permite orientar mejor a quienes presentan mayores necesidades de apoyo, pero mejora los procesos de aprendizaje de todos los estudiantes. Por ello, la inclusión no debería entenderse como una serie de actuaciones extraordinarias destinadas únicamente a determinados alumnos. Como señala Ainscow (2020), la verdadera inclusión se produce cuando la mejora de las condiciones de aprendizaje de algunos termina generando beneficios para toda la comunidad educativa.

Este planteamiento exige también una transformación del papel docente. El maestro deja de ser únicamente un transmisor de contenidos para convertirse en diseñador de contextos de aprendizaje. Su función ya no consiste solo en explicar bien, sino en analizar qué barreras pueden surgir y cómo anticiparse a ellas.

No se trata de eliminar todas las dificultades. Aprender implica esfuerzo, desafío y superación. La cuestión es distinguir entre las dificultades inherentes al aprendizaje y aquellas barreras que la propia escuela genera de forma involuntaria. Cuando un alumno no participa, no comprende o no progresa, la primera pregunta no debería ser necesariamente qué le ocurre a él. Tal vez convenga preguntarse también qué aspectos del entorno podrían modificarse para facilitar su acceso, participación y aprendizaje.

Conclusión

La evolución hacia una educación verdaderamente inclusiva exige abandonar progresivamente una mirada centrada exclusivamente en las limitaciones del alumnado para comenzar a analizar las barreras presentes en los contextos educativos. Adaptar al alumno seguirá siendo necesario en determinadas situaciones, pero resulta insuficiente si no se acompaña de una reflexión profunda sobre cómo están diseñados los espacios, las metodologías, los materiales y los sistemas de evaluación.

La inclusión no consiste en hacer esfuerzos extraordinarios para unos pocos estudiantes, sino en construir entornos que reduzcan la necesidad de intervenciones excepcionales. Cuando la escuela se diseña pensando en la diversidad desde el principio, todos los alumnos encuentran más oportunidades para participar, aprender y sentirse parte de la comunidad.

Quizá el verdadero avance educativo no se produce cuando conseguimos que un alumno se adapte a la escuela, sino cuando logramos que la escuela sea capaz de adaptarse a la riqueza y complejidad de quienes la habitan.

Bibliografía

  • Ainscow, M. (2020). Promoting inclusion and equity in education: lessons from international experiences. Nordic Journal of Studies in Educational Policy, 6(1), 7-16.
  • Booth, T., & Ainscow, M. (2015). Guía para la educación inclusiva: desarrollando el aprendizaje y la participación en los centros escolares. OEI.
  • CAST. (2018). Universal Design for Learning Guidelines version 2.2. Wakefield, MA: Author.
  • Echeita, G. (2021). ¿Inclusión educativa o educación inclusiva? Caminando hacia una escuela sin exclusiones. Octaedro.
  • Morales, M. (2022). Evaluar para aprender: estrategias para transformar la evaluación en el aula. SM.
  • Sanmartí, N. (2020). Evaluar y aprender: un único proceso. Graó.
  • UNESCO. (2020). Inclusión y educación: todos y todas sin excepción. Informe GEM.

Imágenes

PEDRO ANTONIO GARCÍA SERRANO

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