-
Introducción
Resolver un conflicto entre dos alumnos rara vez es sencillo. En un centro de educación especial, además, la intervención puede verse condicionada por dificultades en el lenguaje expresivo o comprensivo, la regulación emocional, la flexibilidad cognitiva, la comprensión de las intenciones ajenas o la generalización de aprendizajes sociales. Esto obliga a revisar una práctica muy habitual: preguntar inmediatamente “¿qué ha pasado?” y esperar que el alumnado reconstruya verbalmente la situación, identifique sus emociones, comprenda el punto de vista del otro y proponga una alternativa adecuada.
Cuando esas competencias están comprometidas, el conflicto no puede abordarse únicamente mediante explicaciones verbales o consecuencias posteriores. Es necesario adaptar también la mediación. La educación inclusiva exige precisamente identificar las barreras que dificultan la presencia, la participación y el aprendizaje y transformar los contextos para ofrecer oportunidades más equitativas (Echeita Sarrionandia & Serrano Rodríguez, 2024). Desde esta perspectiva, la convivencia no consiste solo en reducir conductas problemáticas, sino en enseñar formas más funcionales de comunicación, relación y autorregulación.
En la práctica cotidiana de un colegio de educación especial es frecuente comprobar que una misma conducta observable puede responder a causas muy diferentes. Un alumno puede empujar porque otro ha ocupado el lugar que utiliza habitualmente, otro puede gritar porque no comprende cuánto debe esperar, un tercero puede quitar un objeto porque carece de una forma comunicativa eficaz para pedirlo. Si la respuesta adulta se limita a sancionar la conducta final, se corre el riesgo de actuar sobre el síntoma sin enseñar qué hacer la próxima vez.
-
Antes de intervenir: comprender qué está comunicando la conducta
Una primera exigencia profesional consiste en evitar interpretaciones automáticas. Expresiones como “lo hace para llamar la atención”, “sabe perfectamente lo que hace” o “siempre quiere salirse con la suya” pueden simplificar situaciones que requieren un análisis más preciso. La conducta aparece en un contexto y puede estar relacionada con la obtención de atención u objetos, la evitación de una demanda, la necesidad de descanso, la búsqueda o evitación de determinados estímulos o la dificultad para comunicar una necesidad.
El apoyo conductual positivo parte de una lógica preventiva y educativa: comprender las variables relacionadas con la conducta y enseñar habilidades alternativas que permitan al alumno alcanzar de manera socialmente adecuada aquello que necesita. Sugai y Horner (2002) subrayan la importancia de los sistemas preventivos de apoyo conductual frente a modelos escolares basados exclusivamente en respuestas reactivas o punitivas.
Esto no significa justificar cualquier conducta ni renunciar a los límites. Un empujón sigue requiriendo protección, contención educativa y reparación. La diferencia está en que el límite no constituye por sí solo la intervención. Después de garantizar la seguridad hay que preguntarse qué habilidad faltó: ¿pedir turno?, ¿tolerar una modificación de rutina?, ¿rechazar una actividad?, ¿solicitar ayuda?, ¿esperar?, ¿identificar que el malestar estaba aumentando?. Esta pregunta transforma el conflicto en información útil para la intervención educativa.
3. La prevención empieza mucho antes del conflicto
En educación especial, una parte importante de la resolución de conflictos ocurre antes de que estos aparezcan. La prevención exige identificar antecedentes frecuentes y reducir la incertidumbre. Cambios de aula, esperas, transiciones, pérdida de un objeto preferido, actividades poco predecibles o dificultades para comprender una norma pueden convertirse en situaciones de riesgo para determinados alumnos.
Los apoyos visuales son especialmente útiles cuando la información verbal resulta insuficiente. Una secuencia “primero-después”, un horario visual, un temporizador, una tarjeta para pedir descanso o un panel con alternativas de respuesta pueden hacer visible lo que de otro modo depende de explicaciones abstractas. Su valor, sin embargo, no reside en colocar pictogramas de forma indiscriminada, sino en seleccionar apoyos que el alumno comprenda y haya aprendido a utilizar.
También es necesario enseñar de forma explícita habilidades sociales y comunicativas. No puede darse por supuesto que un alumno sabe pedir un objeto, rechazar una propuesta sin agredir, aceptar un “no”, negociar un turno o comunicar que necesita alejarse. Estas respuestas deben modelarse, practicarse y reforzarse en situaciones de baja exigencia, antes de pretender que aparezcan espontáneamente durante una crisis. Las dramatizaciones, el modelado, las historias sociales adaptadas y el ensayo de situaciones cotidianas permiten convertir conceptos generales como “portarse bien” en conductas concretas y observables.
La prevención incluye, además, enseñar estrategias de regulación. Un espacio de calma puede ser útil, pero solo si forma parte de un aprendizaje previo. No debería convertirse en un lugar de expulsión encubierta ni utilizarse únicamente cuando la conducta ya se ha desbordado. Respirar con una pauta visual, solicitar una pausa, utilizar un objeto regulador previamente acordado o identificar el nivel de activación mediante una escala sencilla son habilidades que requieren entrenamiento y generalización.
4. Cuando aparece la escalada: menos lenguaje y más claridad
Durante una situación de elevada activación emocional, aumentar el número de explicaciones suele ser poco eficaz. El adulto puede sentirse obligado a razonar, preguntar repetidamente o exigir una disculpa inmediata, precisamente cuando el alumno dispone de menos recursos para procesar información. En ese momento, la prioridad es la seguridad y la reducción de la activación.
La intervención debe ser breve, predecible y ajustada al nivel de comprensión. Frases como “paro” o “ahora descanso” pueden acompañarse de gestos o apoyos visuales conocidos. Siempre que la situación lo permita, conviene disminuir estímulos, evitar la exposición pública y ofrecer tiempo para recuperar un nivel de regulación compatible con el aprendizaje.
Mantener la calma no equivale a permitir la conducta. El adulto establece límites, protege a las personas implicadas y evita que la situación escale innecesariamente. El tono, la distancia física, la cantidad de lenguaje y el número de profesionales que intervienen pueden facilitar o dificultar la desescalada. Por ello, improvisar respuestas diferentes ante episodios similares reduce la previsibilidad y puede aumentar la confusión.
5. Después del conflicto: reconstruir, enseñar y reparar
El final de la crisis no debería confundirse con el final de la intervención. Cuando el alumno ha recuperado un nivel suficiente de regulación llega el momento educativo. No siempre será posible realizar una conversación convencional, la reconstrucción puede hacerse mediante fotografías, pictogramas, dibujos, objetos, elección entre opciones o una secuencia visual sencilla: “qué ocurrió – cómo me sentí – qué hice – qué puedo hacer la próxima vez”.
En lugar de formular preguntas abstractas como “¿por qué lo hiciste?”, puede ser más eficaz describir hechos observables: “querías el balón”, “estaba ocupado”, “empujaste”, “tu compañero se hizo daño”. A partir de ahí se enseña una alternativa concreta: mostrar una tarjeta de espera, pedir turno, llamar al adulto o solicitar otro material. El ensayo conductual permite practicar esa respuesta cuando la situación ya no es amenazante.
La reparación también debe adaptarse. Obligar a pronunciar “perdón” no garantiza comprensión, empatía ni aprendizaje. Reparar puede consistir en ayudar a recoger lo que se ha tirado, devolver un objeto, comprobar cómo está el compañero, realizar una acción acordada o participar posteriormente en una actividad conjunta. Lo relevante es vincular la conducta con sus consecuencias y ofrecer una forma comprensible de restablecer la relación.
6. ¿Castigar o enseñar? El límite de las respuestas punitivas
Las consecuencias forman parte de la convivencia escolar, pero una respuesta basada principalmente en castigos presenta una limitación evidente: puede detener una conducta sin enseñar la conducta alternativa. Desde los enfoques de apoyo conductual positivo se propone combinar expectativas claras, prevención, enseñanza explícita y refuerzo de habilidades funcionales (Sugai & Horner, 2002).
En alumnado con necesidades educativas especiales esta distinción resulta especialmente relevante. Si un alumno agrede para escapar de una tarea que no comprende y la consecuencia habitual es retirarlo de esa tarea, la intervención puede reforzar involuntariamente el patrón. Si otro alumno rompe una norma porque no interpreta adecuadamente una situación social, repetir la sanción no garantiza que adquiera la competencia que le falta.
Esto obliga a evaluar la eficacia de nuestras propias respuestas. La pregunta profesional no es únicamente «¿ha dejado de hacerlo hoy?», sino «¿está aprendiendo qué puede hacer en su lugar?». Una intervención educativa de calidad debería producir, progresivamente, más comunicación funcional, mayor autonomía para pedir ayuda, mejor tolerancia a determinadas situaciones y menor necesidad de regulación externa.
7. La coherencia del equipo educativo: una condición, no un complemento
En un centro de educación especial intervienen distintos profesionales y el alumnado puede encontrarse con respuestas diferentes ante una misma situación. Si una señal significa “descanso” con un adulto, pero es ignorada por otro; si una conducta recibe atención intensa en un contexto y se redirige de manera discreta en otro; o si los límites cambian constantemente, se reduce la previsibilidad que muchos alumnos necesitan.
La coordinación debe traducirse en acuerdos concretos: qué antecedentes se han identificado, qué señales indican escalada, qué apoyos preventivos funcionan, qué lenguaje se utilizará, cómo se pedirá una pausa, qué conductas alternativas se están enseñando y cómo se actuará después del episodio. Registrar de manera sencilla antecedentes, conducta y consecuencias puede ayudar a detectar patrones y evitar decisiones basadas solo en impresiones.
La familia aporta, además, información relevante sobre formas de comunicación, desencadenantes, intereses y estrategias de regulación. La coordinación no implica trasladar automáticamente las mismas actuaciones de casa al centro, sino compartir información y buscar respuestas comprensibles y coherentes para el alumno. Del mismo modo, cuando la intensidad, frecuencia o riesgo de las conductas lo requiere, la intervención debe plantearse de forma interdisciplinar y ajustarse a las necesidades individuales.
8. Una secuencia práctica de actuación
A modo de síntesis, puede plantearse una secuencia de cuatro momentos. Primero, observar y comprender: identificar antecedentes, función probable de la conducta, habilidades que faltan y condiciones del entorno. Segundo, prevenir y enseñar: anticipar, adaptar demandas, ofrecer apoyos de comunicación y practicar respuestas alternativas. Tercero, intervenir durante la escalada: priorizar seguridad, reducir lenguaje y estímulos, mantener límites claros y utilizar estrategias conocidas de regulación. Cuarto, reconstruir y generalizar: revisar lo ocurrido cuando sea posible, practicar la alternativa, reparar y comprobar si los apoyos utilizados están produciendo aprendizaje.

Esta secuencia no constituye un protocolo rígido. Dos alumnos con la misma conducta pueden necesitar intervenciones distintas, y una estrategia eficaz en un contexto puede no serlo en otro. El criterio central debe ser la funcionalidad: que los apoyos aumenten la participación, la comunicación y la autonomía del alumno, en lugar de limitarse a conseguir obediencia inmediata.
Conclusión
Resolver conflictos en educación especial exige mirar más allá de la conducta final. Cuando la comunicación, la comprensión social o la regulación emocional están comprometidas, pedir al alumno que explique verbalmente lo sucedido o aplicar una consecuencia estandarizada puede resultar insuficiente. La intervención debe comenzar con una lectura contextual de la conducta y continuar con prevención, enseñanza explícita y apoyos ajustados.
El objetivo no es eliminar todo conflicto, algo imposible en cualquier comunidad educativa, sino ampliar el repertorio de respuestas disponibles para el alumnado. Pedir ayuda en lugar de empujar, solicitar una pausa antes de desbordarse, tolerar una espera con apoyo, expresar rechazo de manera funcional o reparar un daño son aprendizajes educativos de primer orden.
Este enfoque también interpela a los adultos. Exige coherencia entre profesionales, revisión de las propias prácticas y disposición para analizar si una intervención está enseñando o simplemente conteniendo. Cuando el lenguaje no siempre está disponible, la claridad de los apoyos, la previsibilidad del entorno y la calidad de la relación educativa se convierten en formas esenciales de comunicación. Transformar el conflicto en aprendizaje no significa minimizarlo, sino intervenir con mayor precisión pedagógica.
Referencias bibliográficas y webgrafía
- Echeita Sarrionandia, G., & Serrano Rodríguez, G. (2024). Educación inclusiva: ¿El sueño de una noche de verano?
- Sugai, G., & Horner, R. H. (2002). The evolution of discipline practices: School-wide positive behavior supports. Child & Family Behavior Therapy, 24(1–2), 23–50. https://doi.org/10.1300/J019v24n01_03
- Imagen: https://www.canva.com/
Beatriz Gómez Raya