La necesidad de educar en la inteligencia emocional

Abstract

Las personas somos seres sociales y necesitamos de los demás para crecer y desarrollarnos. Es aquí donde la inteligencia emocional y, más concretamente, la educación emocionalmente inteligente juega un papel importantísimo en el desarrollo de los niños y adolescentes. Entender términos como habilidades sociales, asertividad y competencia social es de gran importancia si queremos formar alumnos emocionalmente competentes y crear un buen ambiente educativo. En este sentido, ser profesores y educadores emocionalmente inteligentes es vital.


“El ser humano requiere de los demás para crecer y desarrollarse como persona”, de manera tan contundente lo señala López de Dicastillo Rupérez (2004). Es un hecho, las personas tenemos una necesidad social, la necesidad de relacionarnos con los demás. Pero, ¿a qué se debe esta necesidad? Esta necesidad es debida, en parte, a nuestro deseo por satisfacer motivaciones egoístas y, en parte, a que queremos realizar acciones a favor de los demás. Es entre estos dos impulsos dónde se activa el interés social de los humanos, un interés social que está presente desde la infancia y que debemos aprender a canalizar de manera adecuada para vivir integrados en la sociedad. Es aquí donde los docentes, los educadores y las familias juegan un papel clave, pues influyen directamente en la formación de niños y adolescentes emocionalmente inteligentes. Pero, antes de definir y hablar de cómo debe ser el adulto y el niño o adolescente emocionalmente competente, es necesario definir algunos conceptos clave como: habilidades sociales, asertividad y competencia social.

Autores como Merrel y Gimpel, Michelson y cols., Monjas y Paula definen las habilidades sociales como “un conjunto de comportamientos interpersonales, de capacidades o destrezas sociales específicas que son adquiridas por el ser humano”. Por su parte, Carrillo las define como “el conjunto de comportamientos interpersonales aprendidos que configuran la competencia social de cada persona en sus diferentes ámbitos de interrelación humana” (Carrillo, 1991). No obstante, en la actividad docente y educadora, nos encontramos con niños o adolescentes que no han adquirido ni aprendido todavía esas habilidades sociales necesarias para interactuar con iguales o adultos. Una de las causas puede ser la falta de educación emocional por parte del centro educativo, familia y/o entorno social. Por esta razón, es muy importante educar niños y adolescentes emocionalmente competentes.

Ahora que ya conocemos la definición de habilidades sociales es necesario centrarnos en la asertividad. Se trata de la conducta interpersonal que implica un estilo de relación determinado, el cual no es pasivo ni agresivo. Podemos decir que la asertividad son también “un conjunto de conductas emitidas por la persona en un contexto interpersonal y que expresan los sentimientos, actitudes, deseos, opiniones y derechos de esa persona de forma directa, firme, no violenta y sincera, a la vez que se respecta plenamente a los interlocutores” (Carrillo, 1991). De hecho, el objetivo de muchos programas de habilidades sociales no es otro que enseñar este estilo de relación social.

Finalmente, es necesario definir el concepto de competencia social, el cual se confunde a menudo con el de habilidades sociales. No obstante, cabe indicar que la competencia social es la habilidad de tomar decisiones sobre cuando mostrar una determinada conducta social, es decir, cómo, cuándo y en qué situaciones emplear determinadas conductas y destrezas. En concreto, Garrido Genovés y Gómez Piñana (1998) definen competencia social en su diccionario: “la competencia social hace referencia al funcionamiento adaptado en el que, tanto los recursos de la persona como los del medio, se emplean para alcanzar resultados deseables dentro del proceso de desarrollo y de contextos interpersonales”. Por lo tanto, nos estaríamos refiriendo a la capacidad del ser humano para percibir la situación y los sentimientos de los demás, la capacidad de autocontrolarse y de mostrar empatía hacia las personas de su entorno. Las habilidades sociales, por el contrario, son el componente conductual de la competencia social.

En tanto en cuanto a lo que nos compete como docentes, padres o miembros de la comunidad educativa, debemos educar y enseñar a nuestros alumnos e hijos en un entorno emocional saludable. De acuerdo con Bisquerra (2000), “la educación emocional es un proceso educativo continuo y permanente que pretende potenciar el desarrollo de las competencias emocionales, como elemento esencial del desarrollo integral de la persona, y cuyo objeto es capacitarle para afrontar mejor los retos que se le plantean en la vida cotidiana”. La infancia y la adolescencia son épocas clave para desarrollar las capacidades personales y sociales, y de todas ellas, debemos prestar especial atención a la capacidad para gestionar las emociones. La falta de educación emocional conlleva consigo la aparición de problemas sociales y personales, enfermedades mentales, comportamientos indeseados y conflictos entre iguales y adultos. Es por ello que debemos analizar cómo debe ser el adulto y, en concreto, el profesor emocionalmente competente.

Solamente un profesor emocionalmente competente puede ayudar a desarrollar en sus alumnos las competencias socioemocionales necesarias para que se cree un buen ambiente de trabajo y convivencia tanto en el aula como en el centro educativo en general. Del mismo modo, un adulto emocionalmente competente puede ayudar a sus hijos o familiares cercanos a ser competentes emocionalmente. En concreto, como profesores, educadores y padres, debemos ser conscientes de nuestras emociones y de los procesos emocionales que ellas acarrean para poder actuar en consecuencia. A menudo el aula es un campo de batalla en el que reaccionar a tiempo y de manera adecuada son hechos clave para liderar el grupo y para influir de manera positiva en los procesos de aprendizaje, la salud física, mental y emocional de los alumnos. Por ello, la labor docente no se puede limitar a la formación y enseñanza abstractas del alumnado, pues el profesor necesita y debe establecer relaciones interpersonales positivas y constructivas con sus pupilos. Solo así se posibilita un aumento del rendimiento académico y, tal y como hemos indicado antes, un mejor ambiente de trabajo. En general, el docente emocionalmente competente genera un clima de entusiasmo y flexibilidad en el que sus alumnos se sientan motivados por la materia para ser más creativos y dar lo mejor de sí mismos. Es el profesor quien debe promover un clima de cooperación y de confianza entre los alumnos. De igual manera, en el hogar, necesitamos influir positivamente en el aprendizaje de nuestros hijos y crear un buen ambiente familiar.

Ahora ya conocemos cómo debe ser un adulto y, concretamente, un profesor emocionalmente competente. Es conveniente que conozcamos también los rasgos del niño y/o adolescente que lo es. Este tipo de alumnado es de gran utilidad para mejorar el ambiente académico. Se trata de niños o adolescentes que poseen un buen nivel de autoestima, son capaces de aprender, presentan menos problemas de conducta que el resto, son capaces de entender los sentimientos de los demás, resisten mejor la presión de sus compañeros y resuelven bien los conflictos. Lamentablemente, lo más común es que nos encontremos con alumnos que todavía necesitan formarse emocionalmente y muchos que son emocionalmente incompetentes. Es crítico saber y poder identificar rápidamente a aquellos que ya estén formados o que destacan sobre la media. Este tipo de alumnos debe ser premiado y puede ayudarnos con aquellos que no se comunican fácilmente o con los que no reconocen sus problemas sociales.

Bibliografía

  • BISQUERRA, R. (2000). Educación emocional y bienestar (Barcelona: Praxis).
  • CARRILLO, I. (1991) Habilidades sociales, en M. MARTÍNEZ y J. M. PUIG (Coords.) La educación moral. Perspectivas de futuro y técnicas de trabajo, pp. 131-142 (Barcelona, Graó).
  • LÓPEZ DE DICASTILLO RUPÉREZ, N., IRIARTE REDÍN, C. y GONZÁLEZ TORRES, M. C. (2004) Aproximación y revisión del concepto «competencia social» (Universidad de Navarra).
  • MERRELL, K. W. y GIMPEL, G. A. (1998) Social skills of children and adolescents. Conceptualization, assessment, treatment (New Jersey, Lawrence Erlbaum Associates).
  • MICHELSON, L., SUGAI, D. P., WOOD, R. P. y KAZDIN, A. E. (1987) Las habilidades sociales en la infancia. Evaluación y tratamiento (Barcelona, Martínez Roca).
  • MONJAS, M. I. (1999) Programa de enseñanza de habilidades de interacción social (PEHIS). Para niños/as y adolescentes, 4.ª ed. (Madrid, CEPE).
  • PAULA, P. (1998) Las habilidades sociales en el marco de la orientación psicopedagógica, en M. ÁLVAREZ GONZÁLEZ y R. BISQUERRA (Coords.) Manual de orientación y tutoría, pp. 144/1-144/26 (Barcelona, Praxis).


Claudia Fernández Beltrá

 

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